Un cuento: Lo inesperado

 

No sé cuantas cuadras había caminado para llegar a mi casa, medio bebido, medio dormido, y de un momento a otro, un chubasco como nunca antes había experimentado inicio con toda la fuerza de la naturaleza. Una sábana de agua lo cubría todo, y tal era la violenta lluvia que uno no podía ver más de dos metros delante. Los carros disminuyeron la velocidad, las ventanas empezaron a cerrarse con violencia, y a lo lejos gritos y llantos de niños pequeños y aullidos de perros. Yo estaba en mi mundo, poco me importaba lo que pudiera sucederme, y al contrario de muchos otros peatones que también el chubasco sorprendió, yo no busque refugio en algún toldo o en alguna entrada de tiendita de esquina. Yo seguí mi rumbo, medio bebido y medio dormido como estaba, a esas alturas completamente mojado, y sin importarme nada, pisaba los charcos, recibía los chorros que salían despedidos de las canaletas de los techos de las casas como si fueran serpentinas a ambos lados de las calles.  Así caminaba como un muerto en vida en medio del aguacero, cuando de repente, sentí una violenta descarga, una explosión azul y seguidamente pude ver como el cuerpo de un hombre joven de desplomaba en un charco de agua sucia frente a mí. Mierda, se electrocutó, me dije, y toda la media borrachera y el cansancio que cargaba se desvanecieron enseguida. Si lo toco me jodo, ta huevon, pensé en seguida, retrocedí, y corrí hacia la dirección contraria y tome la calle alterna, para dar la vuelta a toda la manzana y llegar a mi casa por otro camino. Gritos de señoras y llamadas de auxilio empezaron a escucharse en el aire, pero a mi poco me importaba eso, mi vida era desgraciada pero no tanto como la de aquel hombre.

La lluvia no menguaba, y para ese instante el alumbrado público ya de por si en mal estado, dejo de funcionar de un momento a otro, por lo que solo uno podía orientarse por las luces de las casas que paradójicamente no habían perdido el flujo eléctrico. Solo pensaba en llegar a mi casa, aun me faltaban algunas cuadras más, y la lluvia no parecía tener ninguna intensión de parar. Así andaba yo, en medio del diluvio, medio enceguecido por la copiosa lluvia, cuando de pronto frente a mi cruzaron dos jovencitas, que por los uniformes que llevaban pude darme cuenta que eran de algún instituto de enfermería que por el centro de la ciudad proliferan. No estoy seguro si me llamaron para que vaya con ellas o no, lo cierto es que tan pronto como aparecieron me vi arrastrado hacia ellas  en un solo impulso que hacía nos tratásemos como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo y la risa permaneciera a flor de labios. La más alta y morena, que parecía ser la de mayor edad, nos dirigía, y yo y la más pequeña, nos dejábamos conducir. Avanzábamos así, a través del aguacero, con pasos indecisos, cada vez más cerca los unos de los otros, por el frio y por el miedo que empezó a producirnos los relámpagos que de un momento a otro empezaron a reventar en el apocalíptico cielo que se cernía sobre nuestras cabezas. Cuando la morena se detuvo, pude darme cuenta que estábamos frente al instituto de enfermería del que me imagine habían salido esas mujercitas. No supe cómo, si por alguna puerta lateral o cruzando la mismísima entrada principal, pero la morena nos hizo entrar al instituto, que bajo esas circunstancias, adquiría las dimensiones de un castillo tenebroso, abandonado a los embates violentos del tiempo. Cruzamos pasillos, subimos escaleras, hasta que al fin llegamos a un espacio que parecía ser un gimnasio, no solo por las maquinas que al fondo se veían, sino por las colchonetas esparcidas por el piso. La morena, como si hubiese llegado al palacio de sus deseos, se arrojó sobre las colchonetas, toda hecha risas, y toda hecha risas la pequeña la imito.  Una junto a la otra, que hermosas se veían, como dos ninfas delicadas, sus pieles tersas, sus cabellos abundantes, sus cuerpecitos de hembras jóvenes. La pequeña acogió como si de un niño se tratase la cabeza de la morena, y la trajo hacia si, uniendo sus labios al fin, en un beso prolongado. Poco a poco esos besos fueron dando paso a caricias más apasionadas, cuyo único objetivo parecía ser arrancarle la ropa al oponente, dejándole desnudo, indemne frente al otro,

Todo ese espectáculo no hacía más que enervarme, excitarme a tal punto de tener mi miembro erecto y duro, a pesar mío.  Solo podía abrazarlo con mi mano para que no me doliese su inhiesta forma, sosteniéndolo y mirando ese espectáculo. Al parecer la morena pareció darse cuenta de mi posición, y en un acto de generosidad febril, se inclinó ofreciéndome su flor de carne para que pueda estar dentro de ella. Así entré, poco a poco, gozando cada instante y sintiendo la humedad y el calor en mi miembro, sintiendo la piel de la morena en mis muslos, mirando su espalda morena y su cabellera, cogiendo su cintura, y penetrándola, lentamente, poco a poco, disfrutando de su condición de hembra. La pequeña mientras tanto, sola se excitaba, abrazándome y besándome, y de cuando en cuando chupando mi miembro erecto, cuando me cansaba de penetrar a su amiga.

No recuerdo, una columna de amnesia se extendió frente a mí, cuando me desperté al día siguiente en mi cuarto.  ¿Ha pasado lo que siento que ha pasado? Pensé ¿y si realmente fuese cierto? Al final me levante como cualquier otro dio, me bañe, me cambie y me fui a caminar, sin buscar nada en particular; la resaca me había pasado, pero las dudas seguían atormentándome. Salí a caminar por el barrio como un día cualquiera, prendí un puchito, no tenía ganas de ver a ninguno de mis amigos. Al final de la calle, en una casa que hasta ese momento no sabía que existía,  pude ver que estaban celebrado un velorio. Un gran número de gente se agolpaba en la calle, cortando el libre transito, grupos de jovencitos formaban círculos, repartiéndose botellas  y bocaditos. De repente, me pareció ver entre la multitud a la morena junto a la pequeña de la noche anterior, una junto a la otra, pero en lugar de acariciarse, se consolaban mutuamente, ambas hechas un mar de lágrimas. Intente avanzar hacia ellas, pero el gentío cada vez más numeroso me lo impedía. Vanos eran mis esfuerzos por abrirme paso entre la gente, mi pereza era mayor que mis ganas, y en la inmovilidad en la que me encontraba escuche decir a algún tipo curioso ¡pobrecita, ya estaban a punto de casarse , y se muere electrocutado en plena lluvia¡ Así, para mi sorpresa, pude enterarme que el hombre que vi morir electrocutado aquella noche era el prometido de la morena. Mierda ¿Es cierto esto?, me dije, mientras  miraba a la morena, aun con su uniforme de estudiante de instituto; la miraba, y poco a poco mi cuerdo recordaba, cada parte de mi cuerpo, cada glándula, y la deseaba, mientras mi miembro se inflamaba, poco a poco, lentamente.

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