Un grupo con propositos metafísicos

 

Habíanse reunido con el único propósito de desentrañar el significado del dolor de la vida, del dolor intrínseco que nadie espera pero que aparece a pesar nuestro, querían escudriñarlo, conocer sus fundamentos, analizar sus causas, sus componentes, diseccionar el conjunto de elementos del que estaba compuesto el dolor humano para hallar su propósito, la medula vital que determina la sustancia dolorosa, el plus ultra del summun doloroso, y saber la raíz del problema, y así empezar a conocer sus propósitos más íntimos. Todos habían padecido, todos habían vivido algún evento desafortunado que había calado hondo en sus almas ingenuas, todos habían experimentado el desgarramiento fatal de sus partes constituyentes, por lo que estaban predispuestos a analizar la materia viva y la materia inerte del dolor primordial. Solo estaban seguros de algo, o podían estar seguros de algo, por más vago que se les presentase, por más difuso y enrarecido, y era que estaban seguros de la inocencia con la que asistían al estudio del dolor. Habían sufrido, y haber padecido los más desventurados episodios vitales; o según los más ortodoxos,  los más horrendos y tremendos horrores existenciales; o según los epilectoides neurasténicos, los más inefables temblores de angustia venal; o según los necios, los martillazos de la consciencia ingenua; haber sufrido y haber padecido en suma, según todos los allí reunidos, nada les aseguraba apriorísticamente, ni el más elemental sonido, ni la huella más elemental se les presentaba en el horizonte para asegurar su senda, para asegurar el camino que pudieran seguir andando, nada podía guiarlos, solo sus almas ingenuas y sus manos tibias, solos sus mentes cándidas y sus puntos de vista poco convencionales. Ahí reunidos, ahí tomándose de las manos y muriéndose de frio, y de vergüenza, y de miedo; allí, reunidos en un círculo informe, allí, cerraron los ojos como si nunca fueran a abrirlos más, y pensaron, y pensaron y llamaron a la nada que sentían en sus pechos encogidos a pesar suyo, y llamaron al dolor que les era frecuente, al dolor que hincha el pecho, al dolor negro de los nudos de la garganta; y se dejaron llevar.

Siento la quinta espada del apóstol Santiago atravesarme el pecho, siento mi plexo solar desgarrarse de dolor autentico por las garras etéreas de mis demonios internos; siento el dolor que me ahoga, que me impide identificar el rostro de mi enemigo. Dime tu nombre y dame la cara; dime el nombre de la rosa que llevas en el pecho y muestrame tu rostro inerme, quiero saber la última verdad que se oculta detrás de tus ojos. No, no es la quinta espada del apóstol, es la séptima corona en la séptima cabeza de la bestia; alabado seas dragón si vienes a librarnos del mal; maldito seas cien veces si vienes a sumirnos por enésima vez en la miseria que siento en mi vientre, el dolor que sube por mi esófago y se posa en el alma; la náusea me llama o yo llamo a la náusea, y penetro mi dedo, el único dedo que me queda en la mano después de tan duras batallas, penetro mi dedo en mi garganta purulenta para expulsar el daño que me causas, el daño que no conoces, y que no conozco, y vomito como nunca lo he hecho, vomito ríos de verdades amargas y profundas, ríos de palabras incoherentes pero que comprendo bien al cerrar los ojos. Siento una bolsa a punto de reventarse, siento que mis ojos cuajados de sangre rebalsan del llanto que no aguanta, como rebalsan las fuerzas de la bestia que se consume dentro. El abismo profundo del alma, el abismo profundo es el hogar de la bestia que nos quema, siento sus llamas, siento el calor insondable que perfora el sentido de lo que hubo, de lo que había, de lo que fue. Cuando dolor contengo, cuanto dolor contenemos,  cuanto dolor contiene la vida que vivimos todos los mortales que esperamos no vivirlo; ingenuo, mil veces ingenuo se siente mi pie derecho, mis labios, mi mano izquierda, la cadena de mi madre, este vientre,  mis parpados, mis brazos largos y cansados de tanto trajinar en los pantanos de mis horas más tristes. ¿Eres tu Santiago el apóstol que quiere decirnos las verdaderas más íntimas? ¿Eres tú el que toma mi pecho desnudo entre tus manos fuertes para escupirme las verdades más amargas? ¿Es esta la epifanía de la vida que nos llega a los predestinados al sufrimiento más íntimo de la iglesia de los vencidos? Dolor, siento un ardor en la macula, siento un puntazo en la pleura, una luxación en el miocardio; es una cardiopatía, lo sé, es un mal congénito, lo sé, y me resisto y me resisto estoicamente a entregarme a esas manos duras de la vida dura que vienes a mostrarme.

Solos somos unos aprendices, unos ingenuos aprendices, nadie nos ha enseñado a amar, nadie nos ha enseñado a odiar, nadie nos ha enseñado el arte de la guerra y el arte de la vida, y el arte de guerrear la vida y vivir la guerra cotidiana que es la vida, ¿Hay alguien ahí? ¿Hay alguien detrás de los ojos de la bestia que se esconde en el pecho del apóstol Santiago? Pido permiso, pedimos permiso todos juntos los aquí reunidos en el nombre de la bestia que nos corona, pedimos permiso los iniciados en las artes del dolor y de la pena, pedimos permiso los que por buena voluntad ingresan en el mundo de los sufrientes para elevarnos en el nombre de la bestia, en el nombre de la angustia primigenia, elevarnos y coronar nuestras frentes con las verdades primitivas de la especie más arcana, de la especie de las que formamos una sola familia, una sola aldea infinita, para conocer, solo queremos conocer, en el nombre de la bestia que nos otorga esta dolorosa vida, conocer, solo conocer. ¿Por qué tanto dolor?, ¿Porque tanto sufrir alma mía, corazón mío? ¿Hay algo por lo que no hayamos pasado, hay algo de lo que podamos librarnos, hay algo de lo que podamos estar libres los condenados al dolor que no se va, al dolor que no se nos quita de las cuencas del alma?

Así reunidos todos los cuerpos sufrientes, así reunidas las almas dolidas en sus cuerpos sufrientes, cerraban los ojos e iban comprendiendo la inevitabilidad del sufrimiento humano, la inevitabilidad del dolor primordial que aparece de cuando en cuando, del dolor de saberse libre, del dolor de saberse responsable al saberse libre, del dolor de saberse libre frente a las adversidades de la vida, libre y solo, auténticamente solo. Solos estamos, solo en nosotros encontramos el camino, solo en nosotros y con nosotros podemos acceder a los otros, solo estando convencidos de la verdad primera, solo comprendiendo la verdad autentica de la soledad primera, solo así aceptamos el dolor, solo así comprendemos que el dolor es la sal de la vida, es la energía que soporta el cambio, es la sustancia de la que está hecha los grandes proyectos y los encuentros auténticos. Así reunidos, juntos, empezaron a comprender esas verdaderas.

 

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